Conocerse es reconocerse tal como somos y sentir paz y gozo en ello.
Hay quien dice que, para conocerse, hay que buscarse. Pero esa idea me suena a que, hay que «ponerse a ello», y muchas veces, por una razón u otra, uno no encuentra el tiempo ni el momento adecuado para ello.

No creo que conocerse requiera buscarse como si uno fuera un tesoro escondido, como si tuviera que iluminar ciertos rincones con más o menos luz. A veces, incluso se habla de la «esencia», como si estuviera perdida en algún lugar remoto. Pero nuestra esencia siempre está presente: en cómo estamos, en cómo actuamos, en cómo pensamos, sentimos y nos relacionamos. Conocerse no es más que reconocer profundamente lo que ya somos, tal y como somos, aquí y ahora. E ir a lo más obvio.
Claro, habrá aspectos de nosotros que nos gusten y a su vez otros que no, pero en ambos casos seguimos siendo quienes somos. Por eso el reto es encontrar la paz en ser, sin conformarse, pero tampoco engañándose, con frases del tipo «cambiaré y seré una mejor versión de mí mismo/a en el futuro».

Una cosa es el trabajo de crecimiento personal, en el que uno acude a un psicólogo para que le ayude a reconocer lo que le cuesta ver por sí mismo, debido a dificultades emocionales, creencias inconscientes y contradictorias, traumas o malas experiencias vividas (abusos, adicciones, relaciones conflictivas, abandonos, pérdidas trágicas, enfermedades, dificultades económicas, etc.) y otra cosa muy diferente es el conformismo, el «soy como soy y que me aguanten», típico en personas soberbias o con tendencias narcisistas. Este conformismo no tiene nada que ver con la paz ni con el gozo, de hecho, estas personas quizás son las que más sufren porque no soportan ver estando bien a los demás.
Luego está el vivir en el limbo, creyendo que lo mejor de uno mismo está por llegar «como por arte de magia». Esto suena más a un vivir sin vivir, una ilusión que, en el fondo, resulta un poco “fantasma”.

